Las horas pasaban lentas y pesadas, cargadas de una sombría mezcla de somnolencia e impaciencia, en los relojes de la Universidad de Santiago de Compostela. La escena no podría haber sido más común de lo que aquella era: los siempre comunes murmullos sordos de unos estudiantes en época de exámenes, las idas y venidas de profesores por largos pasillos infestados de un humo ya antes olfateado, carteles de todo signo ideológico con el ya conocido predominio de la izquierda contumaz y, en definitiva, la rutina cualquiera de un martes sin alborotos. O eso creía yo.
Profundamente inmerso en mis pensamientos, giré una de las esquinas sin apenas escuchar los gritos que me esperaban en cuanto levantara la cabeza y dejara de observar las manchas de un suelo hastiado y pisoteado por los más disímiles estudiantes, testigo mudo del paso de las generaciones y de la decadencia de nuestro sistema educativo. Y, de pronto, como un estruendo nacido en el fondo de un océano de serenidad, chocaron contra mis oídos las soflamas independentistas de un grupo que rondaba menos del medio centenar de jóvenes. Rápidamente caí en la cuenta de que, al otro lado de aquella sesgada cohorte de estrafalarios soldaditos más de barro que de plomo, más cobardes que valerosos, se encontraba el blanco de sus encarnizadas iras. Traté de ponerme de puntillas sin mayor resultado que el de contar un número mayor de increpadores que el que había sido capaz de ver de un primer vistazo. Traté, a continuación y después de mi fallido primer intento, de distinguir su rostro entre las cabelleras y las pancartas que aireaban al desnutrido viento los manifestantes, consiguiendo, de nuevo, constatar que eran más de los que podía imaginar. Los silbidos de la puerta me tentaban a marcharme y olvidar aquella escena, recorrer las calles de Santiago hasta mi casa y dejar pasar las horas hasta el día siguiente en el que lograría enterarme de lo ocurrido; sin embargo, necesitaba saber quién estaba soportando aquella marabunta de ofensas y golpes, quién podía merecer toda aquella descarga de injurias y humillaciones, amenazas y desprecios, con las que suelen recibirse a los asesinos, a los violadores y a los delincuentes.
Definitivamente, decidí preguntar a uno de los presentes con tono incendiario para no entrar en problemas:
- Perdona, ¿quién es el cerdo al que hay que gritar?
- A esa fascista del Partido Popular que viene aquí buscando guerra… ¡María San Gil! -inmediatamente después de contestarme, alzó la voz y gritó-. Ojalá te maté ETA.
Inmediatamente comprendí no sólo la decadencia de nuestro sistema educativo, no sólo la luctuosa criminalidad de los independentistas y terroristas antidemocráticos, no sólo el peligro que se cierne sobre España, sino también que aquella heroica mujer que soportaba estoicamente las ofensas se trataba de ella, de una luchadora con nervios de acero, de una valiente vasca adalid de la libertad y de la tolerancia, paladina de nuestra bandera nacional, orgullo de los más ilustres victoriosos personajes históricos, combativa de la palabra y beligerante de las ideas, valerosa y bizarra como ninguno de los que la injuriaban… Ella, sublime y por eso agredida, María San Gil. Fue entonces cuando decidí olvidarme de los silbidos de la puerta, del cansancio inicial, de las prisas que marcaban los relojes y me senté a escuchar su conferencia.
Todo relato debe tener un digno final propio de la protagonista, y fue ella misma quien lo escribió saliendo por la puerta principal mientras decía: “¿Hemos hecho algo malo?, pues yo salgo por la puerta aunque sea más o menos violento”. No sé si recordaré el resto de mis días en la universidad, pero, sin lugar a la más mínima duda, siempre recordaré el rostro de aquella valiente que un día pisó con la cabeza bien alta el hastiado suelo de mi universidad y sonrió ante los estruendos de la violencia.
Escrito por Ignacio de Saavedra
Escrito por Álvaro Rico Sanz 


