Relato de un estudiante imaginario (III)

Hablaba con un amigo que está estudiando en la Universidad de Santiago de Compostela. Me narraba las agresiones que había sufrido allí María San Gil unos días atrás, allá cuando las tensiones y dramatismos del Gobierno de Rodríguez Zapatero todavía no se habían hecho públicas a través de un antojadizo y alborotador micrófono mal apagado.

- Nunca había contemplado nada parecido -me decía mi inocente amigo.

- Tienes suerte, porque aquí en Barcelona esas agresiones están prácticamente a la orden del día -le respondía mientras recorría los escasos metros que me distanciaban de mi universidad.

- No comprendo cómo puedes seguir estudiando allí. ¿Estás decidido a terminar tu licenciatura? Recuerda que la brisa del Atlántico, las voces apagadas que llegan a las costas gallegas desde el litoral americano, los susurros de una mar enfurecida, te siguen esperando aquí.

- Terminaré Derecho me cueste lo que me cueste… Espera…

Un compañero de clase salió corriendo, golpeándome en el pecho y haciendo que se me cortara la llamada. Tan siquiera tuvo la deferencia de excusarse, sino que, por el contrario, masculló palabras ininteligibles en un catalán enfurecido y encrespado. Algo me decía que las cosas no marchaban bien…

Recogí el teléfono móvil del suelo, lo recompuse sin demasiada atención y cogí aire como todas aquellas mañanas en las que las noches anteriores habían estado marcadas por declaraciones de uno u otro partido, por encendidos debates televisivos o por algún acontecimiento lo suficientemente señalado como para propiciar los más coléricos estallidos de violencia de los grupos de jóvenes independentistas que invadían la universidad de fondo a fondo. Eran mañanas de nudos en el estómago, de continuas presencias invisibles tras mis pasos, de miradas amenazantes desde la distancia, de empujones y de bruscos silencios que anunciaban estruendos peores. Así, pasados un par de minutos, comprobé para mi desolación que aquella mañana iba a desembocar en un nuevo episodio de violencia y terrorismo.

Esta vez la increpada y despreciablemente atacada era Dolores Nadal, cabeza de lista del Partido Popular por Barcelona, otra valiente mujer cuya mayor fechoría era la de adentrarse en un mundo universitario consumido por el revanchismo político y la violencia separatista, infestado por los verdugos de la libertad y por las sanguinarias hienas que troceaban los restos de un castellano en proceso de descomposición.

Decidí marcharme de allí con la seguridad, más cierta que unos minutos atrás, de que terminaría mi licenciatura me costara lo que me costara, con la seguridad de que aquella pandilla de liberticidas no conseguirían arrebatarme mis proyectos de futuro. De esta forma, saqué del bolsillo mi teléfono móvil, en el que todavía quedaban las magulladuras de una estrepitosa caída, y llamé de nuevo a mi amigo para despedirme de él en condiciones.

- Siento lo que ha pasado antes -le expliqué-, pero los jóvenes terroristas han vuelto a actuar…

Se quedó en silencio durante unos instantes.

- ¿Qué ha ocurrido? -acertó a decir.

- Ha ocurrido, querido amigo, lo que lleva ocurriendo durante muchos años. Pero, después de esto, el salado sabor de las olas de mi Galicia tendrá que esperar una temporada más. Hay mucho que hacer en Cataluña, mucho por lo que luchar…

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